Cada cierto tiempo, en alguna ramificación del arte, nace un genio, una persona que se encarga de romper los límites de su profesión y definir unos nuevos. Permitiéndole así al resto del mundo redefinir su realidad, un nuevo inicio. A veces, lo hacen rodeados de gloria y admiración por parte de los suyos. La mayoría de las veces, lo hacen a pesar de la incomprensión de los demás, van contra corriente, simplemente están adelantados a su época. Eso fue Bill Hicks, un adelantado a su época, no solo para la comedia, sino para el mundo entero.

Nacido en Houston, Texas, en el seno de una familia católica acomodada de los suburbios, uno de esos lugares en el universo donde no pasa realmente nada. Le diría a sus amigos, muchos años después, que eso era precisamente lo que lo motivó a salir y explorar el mundo: la ansiedad de romper esa comodidad que parecía tener hipnotizados a sus padres.

A los dieciséis comenzó a hacer comedia en su ciudad natal, a los veintiuno ya era considerado un veterano. Acorralado por una temprana adicción al alcohol, encontró un punto de inflexión vital en su carrera. Sus primeras rutinas sobre las manías de su madre terminaron siendo reemplazadas por discursos satíricos pero severos hacia el gobierno de su país. Ya no había más chistes sobre la universidad, ahora todo se trataba de burlarse de su propia sociedad. La ignorancia, el fanatismo, el patriotismo desmedido e irracional. Muchos no lo entendieron, otros lo llamaron anti-patriota. Pero hubo quienes supieron apreciar en Bill Hicks una comedia que nadie había visto antes. Y que para ser sinceros, nadie más volvería a ver.

Su presentación en el Festival de la Comedia de Montreal lo catapultó al estrellato internacional. En Europa lo recibieron con los brazos abiertos. Un estadounidense burlándose del sueño americano. Mientras en Estados Unidos llenaba bares de mala muerte, en Inglaterra agotaba las entradas de teatros y auditorios. Tuvo el segundo aire que necesitaba para consolidarse como uno de los mejores comediantes de su generación.

Ver una de sus presentaciones es toda una experiencia, incluso para nosotros, que nos tenemos que conformar con grabaciones en VHS digitalizadas, regadas entre la inmensidad de YouTube. Es como presenciar una implosión rabiosa, una Epifanía manifestándose en forma de huracán. Bill Hicks matizaba lo ridículo de su cultura desde un punto de vista totalmente racional y simple de comprender. Situaciones cotidianas tan ridículas, tan graciosas, tan reales, tan patéticas. La semilla del cambio era inevitablemente sembrada en las mentes de todos aquellos que tuvieron la fortuna de presenciar alguno de sus shows en vivo. Y es algo que aún a través del video se puede sentir.

Bill Hicks murió a los treinta y dos años, víctima de cáncer de páncreas. Atrás dejó no solo un legado inigualable en la comedia, sino también una influencia importante en el mundo del arte de su país. Bandas como Tool y Rage Against The Machine le han rendido homenajes musicales. Grabaciones inéditas de música escrita por Hicks junto a su banda se han vuelto objeto de culto. Y para serles sinceros, lo poco que he escuchado de ese trabajo es bastante bueno.

El documental American: the Bill Hicks story es un retrato original y sobre todo digno del comediante. Recogiendo testimonios de familiares, amigos cercanos y gente influenciada por Hicks, la cinta condensa lo mejor y lo peor de su vida. También aborda su controversial relación con las drogas, sobre todo con los hongos alucinógenos, los cuales ingería con fines más espirituales que recreativos. Una verdadera joya, que tristemente es el único material biográfico digno del comediante. Una referencia obligada para comenzar a conocer y entender el genio de Hicks.

Si tuviera que quedarme con algo de la vida y obra de Bill Hicks, sería su monólogo titulado It’s just a ride. Su trabajo más conmovedor, me atrevería a decir. Una píldora de cruda realidad, pero también de mucha esperanza. Esperanza de un mundo mejor, de una evolución de consciencia. Salvar si es que queda algo de este mundo para las generaciones por venir. Porque eso fue lo que hizo durante su periodo de vida. Comedia en el fin del mundo. Gritó la verdad con todas sus fuerzas. El eco aún retumba. Ojalá que nosotros, los sobrevivientes, podamos escucharlo. Y porqué no, hacer las cosas diferente esta vez.

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