Publicado primero en Tumblr. No se me ocurrió mejor reseña, para un libro que definitivamente marcó mi alma, que una breve historia de introspección tan común como esta.

Ayer terminé de leer Los años de peregrinación del chico sin color, de Haruki Murakami. Lo hice sentado en uno de los sillones de un café. En las bocinas sonaba el concierto de una banda adolescente, en mis audífonos sonaba Infinite Cities de The Bright Light Social Hour, casi en loop.

Después de terminar el libro, hice lo mismo con mi café (moka blanco con leche deslactosada, esto provoca la edad y las buenas recomendaciones) y salí de ahí decidido a regresar a casa usando el tren ligero. Digo, por qué no. Sería un buen homenaje a Tsukuru.

A unos pasos de llegar a la estación, me invadió un pensamiento. Si pudiera, qué cambiaría Tsukuru Takashi de la estación Juarez. Considerando la satisfacción que suele sentir al ver a toda esta gente llegar a sus destinos a tiempo y ser engullidas una y otra vez por lo vagones, dudo mucho que disfrutase del espectáculo diario de una estación tan rebasada y poco mantenida. Quizás me equivoque.

Me acerqué a la maquina y compré una tarjeta recargable. Porque es el mejor amigo que podrías desear en un tipo de transporte en el que no existen los ‘vueltos’ y tienes que pagar exactamente la cantidad de siete pesos. De otra forma, estás perdido. Cuando por fin la máquina escupió mi tarjeta nueva, el guardia de seguridad se acercó y me hizo señas para que me quitara los audífonos.

“Esto es el colmo”, me dije, “la última vez que me pidieron hacer esto fue en esta misma estación cuando tenía dieciocho”. La excusa aquella vez fue que no debía usar auriculares porque ponía en riesgo mi vida y la de los demás pasajeros al no escuchar las indicaciones que se pudieran dar en caso de emergencia.

“Tienes que poner de nuevo tu tarjeta en la ranura de recarga”, dijo el hombre, “para que quede activada”. Lo hice y la máquina imprimió en su pantalla de led un mensaje de confirmación. Tarjeta activada. Le agradecí al guardia y use por primera vez mi tarjeta.

Llegué a mi destino cinco minutos después. No fue difícil esquivar al Godínez ni a la mujer embarazada para poder salir del vagón. Uno adquiere habilidades para controlar tu masa corporal a la hora de usar el transporte público. Puedes hacerte más pequeño, más delgado, cualquier mórfosis necesaria para entrar/salir de ahí.

Ya en mi casa, saqué el libro de mi mochila y lo puse sobre mi escritorio. Prendí la computadora y escribí: los años de peregrinación mal du pays en el buscador de YouTube. Cerré los ojos y pensé en Sara. Curioso, porque en mi vida también hubo una Sara, pero a diferencia de Tsukuru, yo sí la dejé ir. Curioso, cómo cada libro exije un ritual de despedida diferente.

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