Cuando le platiqué a un amigo sobre mis intenciones de correr mi primer medio maratón, me dijo que estaba a punto de completar el Ritual Godínez. Y tiene razón. Para quienes trabajamos entre semana en horarios de oficina (osea, aproximadamente de 9am a 8pm) la actividad física se vuelve un lujo necesario. Un lujo, porque cuesta encontrar el tiempo durante el día lleno de ocupaciones para dedicarle al ejercicio que hayamos elegido practicar. Necesario, porque la pasamos sentados frente a un monitor, obligados a un sedentarismo que silenciosamente va lacerando nuestra salud. Es por eso que la práctica de algún deporte, como lo es el maratonísmo y sus derivados, es algo muy común entre personas que comparten esta rutina.

Sin embargo, más allá de la obvia necesidad por sentirme mejor con mi salud y mi apariencia, encontré en la actividad de correr una liberación más bien personal.

La primer noche que decidí calzar me los tenis y salir a trotar, lo hice motivado por un sentimiento reprimido y atorado en mi pecho. Un sentimiento provocado por una (gran) decepción sentimental. Y milagrosamente, después de haber recorrido apenas unos cinco kilómetros y regresar exhausto a casa, me sentí liberado. Si había llorado durante el trayecto, no lo sabía. Las lágrimas se habían confundido con el sudor. Al día siguiente, quise volver a experimentar la misma sensación. Y el día siguiente a ese. Y así empezó todo.

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© Tobi Gaulke

Correr se ha vuelto mi terapia. Tan es así que ni siquiera me importa mucho la distancia que recorra, o el tiempo que haga. Tampoco hago dietas especiales para alcanzar un peso o complexión física específica. Lo hago para sudar mis sentimientos, expiar mis culpas, romper de a poco mis miedos. Antes de empezar hacerlo regularmente, correr una cuadra sin morir en el intento me parecía imposible. La otra noche, al regresar de correr y calcular la distancia recorrida, resultaron ser 10k. Nada mal.

Así que probablemente solo se trate de callarle la boca a esa parte de mí que siempre se ha reído de mis fracasos. De mis intentos vanos por ser alguien diferente a quien todos me han dicho que soy, y parecerme un poco más a quien realmente quiero ser. Terminar mis recorridos en una calle inclinada se vuelven momentos épicos dentro de mi cabeza. Y al final del camino siempre hay algo esperando por mi. Algo que parece inalcanzable, algo que solamente puedo obtener terminando de correr esa milla. Y entonces corro la distancia, literal, no importa cuando duelan las piernas o se quejen las rodillas. No se me ocurre una mejor manera de castigar al cuerpo y fortalecer la mente, al mismo tiempo. Quizás, el sexo. Pero tengo mis dudas. Muchas.

Dentro de una semana correré mi primer carrera. El Medio-Maratón de Guadalajara. El objetivo: terminar la carrera, a como de lugar. Si sobrevivo a la odisea, les contaré los pormenores. Deseen me suerte. Y buen clima. Y de paso, que resista mi rodilla. Dos de tres aunque sea.

Foto de portada © Premnath Thirumalaisamy

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