Momo, el cuento infantil que todo adulto debe leer

Momo, el cuento infantil que todo adulto debe leer

Tenía siete años cuando empecé a leer La Historia Interminable de Michael Ende. Para entonces no tenía desarrollado el hábito de la lectura, así que lo terminé poco antes de cumplir los nueve. Sin embargo, fue el libro perfecto para ese momento de mi vida. De hecho, creo que es el libro perfecto para cualquier niña o niño durante esa etapa de la vida, donde andar en bicicleta, correr hasta que los pulmones exploten e imaginar mundos fantásticos son las actividades preferidas todos los días.

Tenía veinticuatro años cuando comencé a leer Momo de Michael Ende y comprendí que, diecisiete años después, había encontrado una vez más el libro perfecto para ese momento de mi vida.

 

Momo es un cuento para niños, que narra las aventuras de esta niña misteriosa que llega para quedarse a un pequeño barrio a las afueras de una gran ciudad. Los vecinos pronto le toman un especial cariño ya que consideran que su capacidad de escuchar a las personas es mágica y sanadora. Sin embargo, la aparición de unos extraños hombres grises comienza a nublar el panorama, convenciendo cada vez a más personas de ahorrar su tiempo con ellos y no desperdiciarlo en cosas banales y comunes ¿Les suena familiar?

Para mí, esta historia de Ende trata sobre la importancia del tiempo, pero no bajo la definición moderna de el. Critica de la manera más elegante posible esta idea del aprovechamiento (casi mecánico) del tiempo como capital de un proyecto de vida que creemos tener o necesitar. Invierte mejor tu tiempo en cosas productivas suelen decir los padres, no desperdicien su tiempo en cosas inservibles aconsejan los maestros. Es entonces cuando nos encontramos frente a una pantalla, tecleando palabras sin sentido, recibiendo un sueldo menor al de nuestros sueños mientras trabajamos para algo o alguien más allá de nuestra comprensión. Los Hombres Grises no son precisamente un invento de la mente de Michael Ende después de todo.

Pero Momo y sus amigos son esa contraparte. La que disfrutar del tiempo por lo que es, una flor que florece una sola vez. Así que debe aprovecharse en cosas trascendentales, como ver un atardecer, abrazar a los amigos, jugar a los barcos piratas. Ustedes saben, cosas que realmente valen la pena. Y todo esto lo escribo sin una gota de sarcasmo. De corazón considero que tomar una taza de café con tu mejor amigo es más importante que terminar el trabajo a tiempo, o adelantar la tarea del día siguiente. Decirle a tu familia que la amas siempre va a ser más importante que responder ese correo del cliente ASAP.

El estilo de Ende siempre fue sencillo. Pero ahí radica la belleza de este y todos sus libros. Lamenté mucho que no tuviera más páginas pero quizás hasta eso era parte de su mensaje. Un momento memorable no tiene porque ser largo, sólo tiene que suceder.

En los últimos meses, varios pasajes del libro han estado muy presentes en mi mente, mientras dejaba la seguridad del trabajo de oficina para mudarme a la inestabilidad del emprendimiento. En ellos he encontrado algo parecido a la inspiración para seguir alejando mi tiempo de los intereses de los Hombres Grises. Me gusta creer que soy más bien de la pandilla de Momo y Casiopea, inventando nuevas formas de vivir el sueño.

Les recomiendo leerlo si necesitan recordar lo que solía ser valioso para ustedes cuando niñxs. O por si nunca lo han olvidado pero aprecian las buenas historias tanto como yo. Porque esta es sin duda una de las mejores historias que podrán leer.

Roba como un artista (Steal like an artist) – Austin Kleon

Robar como un artista - Austin Kleon

Desde hace tiempo que tenía curiosidad por leer Roba como un artista de Austin Kleon. Sobre todo, por que el origen de las ideas y el plagio son dos temas sensibles y controversiales dentro del mundo creativo. Dónde termina la genialidad y comienza el plagio. Pero cada que veía este libro en las estanterías de librerías, su precio equivalía al de tres. Y obviamente prefería comprar tres que sólo uno. Duh.

Sin embargo un día la suerte me guiñó el ojo. Caminando por el tianguis cultural de Chapultepec, el que SÍ es cultural y que se pone los sábados por la noche sobre el andador, me encontré con una copia usada de este libro. Pregunté por el precio. “Cien pesos, joven”. Dios es bueno (a veces).

Lo compré y en los siguientes tres días me dedique a leerlo un par de veces. Es un libro corto pero muy sustancioso. De contenido no tan extenso, es la edición lo que lo hace un poco robusto. Sin embargo, el mensaje es conciso en casi todas las páginas.

La idea de robar hace referencia a un delito, es quizás por eso que no me gusta usarla. Pero entiendo las ideas de las que Kleon echa mano para explicar en dónde encuentra la inspiración al momento de querer crear algo nuevo. Algo sí es cierto: todo lo que creamos en este vida está influenciado por algo, nada es creado de la nada. Y eso está bien.

Aprendemos a hablar imitando las palabras que escuchamos de nuestros padres, aprendemos a escribir copiando el abecedario y palabras de los libros, aprendemos a dibujar copiando nuestras caricaturas/cómics favoritos, aprendemos sobre música estudiando las escalas y aprendiendo nuestras canciones favoritas. Una vez que tenemos este conocimiento básico, seguimos nuestro camino de aprendizaje a placer, y tarde o temprano, alguna idea propia comienza a nacer y descubrimos que podemos crear. Todo eso es gracias a nuestros maestros.

Kleon también menciona varias ideas y filosofías de vida que utiliza al momento de un estancamiento creativo, y veo estos consejos bastante útiles. Menciona algo que a mí me parece vital: verte como parte de un linaje creativo y aprender lo que quieras de el. Identificar tus influencias no hace más que facilitarte la vida. Leer, escuchar, ver y analizar toda la obra de tus héroes te ayuda a ver el mundo desde su perspectiva, según Kleon, y eso es más importante que sólo aprender a hacer las cosas como ellos solían hacerlas.

Índice de Roba como un artista

A lo largo del libro, cita frases de varios artistas, todas estas relacionadas al arte del robo. Y si bien hay unas que francamente no significaron nada para mí, hay otras que son MUY buenas.

Aquellos que no quieran imitar nada, no producen nada – Salvador Dalí

Esta otra en particular me gustó mucho:

Empiezas re-escribiendo el catálogo de tu héroe – Nick Lowe

Nada más cierto. Cuando empecé a tocar guitarra, más o menos a los trece años, la primer canción completa que aprendí fue Yesterday de The Beatles. Después de eso, devoré por completo libros de tablaturas de Nirvana. Cuando no encontraba la tablatura de alguna de sus canciones o discos, me ponía a escucharlos una y otra vez hasta que a puro oído sacaba todos los acordes y notas. Esto me ayudó a identificar melodías, ritmos, tonos, todo lo que necesitaba aprender. A los catorce o quince años escribí mi primer canción. Aún recuerdo cómo tocarla porque muchas de sus figuras las saque de Heart-Shapped Box. Gracias, Kurt.

Hay una idea en particular de este libro que me fascina. Y es algo que ya había pensado antes y que suelo hacer con regularidad. Escribe lo que te gusta. Hablando de música, siempre trato de escribir algo que sin duda escucharía en mi iPod. Si no me agrada del todo o me enfada pronto, lo dejo tirado en la basura y me muevo a lo siguiente. No tiene sentido dedicar tiempo y esfuerzo en crear algo que no te gusta. Tristemente, conozco muchas bandas que odian más de una de sus canciones en su propio repertorio. Como les digo, es muy triste.

Esta otra quote me mata:

Lo que más me interesa de hacer música es crear algo que no existe pero que a mí me gustaría escuchar. La música que quería oír aún no había surgido así que era necesario juntar cosas que sugerían algo nuevo – Brian Eno

Si no sabes quien es Brian Eno, bueno… la mitad del rock, pop, post-punk y derivados que conocemos hoy en día no hubieran sido posibles sin la presencia de Eno, ya sea detrás de un instrumento o de una consola. Genio.

¡Aléjate de la pantalla! – Austin Kleon

Bien, esto es otra lección que ya había aprendido antes, pero con este libro la reafirmé. No hay nada como crear con tus manos. Lo que sea. Varias veces he intentado escribir la letra de alguna canción en la que estoy trabajando usando la página en blanco de Word y termino fracasando rotundamente. Es hasta que pongo un cuaderno y pluma en frente cuando comienzo realmente a escribir algo bueno. Y si bien todos los post de este blog son escritos usando un editor de textos en mi computadora (uso MacDown, para quien se lo pregunte), el origen de todas mis publicaciones siempre es más físico que digital. Anotaciones y fragmentos del texto final empiezan siempre escritos con pluma sobre papel. Ese enlace místico que solo puede lograrse sintiendo con tus propias manos tu creación, es algo indescriptible y hasta inexplicable. Pero desde un punto de vista meramente empírico, funciona.

En realidad, nunca tocas nada de lo que haces (en computadora) a menos que lo imprimas – Stanley Donwood

Procrastinar. El fino arte de no hacer nada es para mí de los más esenciales al momento de crear. Y es más bien estigmatizado por el resto de la sociedad, sobre todo porque aquellos que hemos nacido del ’85 para acá, los llamados millennials, somos acusados de inútiles y flojos. Y probablemente lo seamos, tanto como lo han sido otras generaciones. Pero procrastinar no es algo malo. Todo lo contrario.

Kleon describe la procrastinación como la acción de cambiar de proyecto una vez que este te ha aburrido, para regresar a él después de haber rebotado en un par más, ya con nuevas ideas y ánimos renovados. Lo llama procrastinación productiva. También menciona sobre lo importante que son estás tareas aburridas que uno tiene que practicar durante el día: la fila en el banco, la pila de trastes sucios, planchar la ropa. Estoy de acuerdo con él cuando dice que es en estos momentos en los que tu mente se aburre de hacer algo tan mecánico que comienza a trabajar casi en segundo plano sobre cosas que quedaron pendientes durante el día, y terminas resolviendo aquello que en la mañana te parecía imposible, o se te ocurre la idea que hacía falta para terminar ese dibujo, esa canción, ese problema matemático, ese escrito con el que te habías estancado antes. Cuántos de nosotros, músicos, no hemos compuesto la mejor de las melodías estando en la regadera, o sentados en el retrete. La procrastinación productiva, hermanos.

Capítulo 6: Haz un buen trabajo y compártelo

Este probablemente sea le post más largo (y peligrosamente enfadoso) que haya escrito en mucho tiempo. Así que me detendré. Dejaré que busquen-encuentren este libro en el momento adecuado y lo disfruten. Habla sobre otras tantas cosas que no he querido mencionar para no arruinarles la sorpresa. Pero elegí aquellas que me han quedado más grabadas y me han servido mucho en la práctica. Sobre todo ahora que dejé las cadenas que me ataban a un escritorio. Me gustaría saber sus impresiones sobre el libro una vez que lo terminen, y sobre todo aquellas otras reflexiones o enseñanzas que consideran importantes al momento de crear. ¿Quienes son sus maestros? ¿A quién le roban sus mejores ideas? ¿Alguien ya les ha robado? ¿Se sintió bien?

Los leo a todos pronto. Roben lo que consideren valioso de este y todas las publicaciones de este sitio. De corazón, gracias 🙂

Sputnik, mi amor (Supûtoniku no koibito) – Haruki Murakami

Sputnik. mi amor

Todos tenemos un lugar especial en nuestros corazones en donde guardamos aquellos libros que nos cambian la vida. Y los volvemos a visitar cada vez que podemos, o cuando a pasado mucho tiempo, o porque los extrañamos demasiado. Para mí, Sputnik, mi amor de Haruki Murakami es uno de esos libros.

Tenía años sin leer. Estudiar una carrera de ingeniería casi te obliga a que la mayor parte de tus lecturas sean técnicas, y cuando intentas leer algo diferente, el cansancio acumulado se convierte en un sueño difícil de persuadir. Todo eso cambió cuando una amiga mía tuvo uno de los detalles más bellos de la vida y me prestó su copia de Sputnik. “Es uno de mis libros favoritos”, me dijo, “creo que te puede gustar”. Dos años después ella se convertiría en mi mejor amiga y el libro… bueno, me recordó la trascendencia de ciertas lecturas en la vida.

No tendría mucho sentido armarles una sinopsis. No tiene sentido escribir sinopsis sobre nada que haya escrito Murakami. No es ese tipo de escritor. Sus historias son ordinarias, sus personajes son ordinarios, pero sus conflictos no. Ahí radica su magia y la belleza de su obra.

En este libro presenta un triángulo amoroso. Tres personajes en una búsqueda: una joven novelista enamorada, una mujer enigmática con un secreto, un maestro de primaria no correspondido. Es este tercer personaje el que nos sirve de narrador de una historia breve, espontánea, intensa, hermosa.

Al terminar de leer la última página, había un vacío en mi pecho. Nostalgia, ausencia, saudade. Extrañaba a Sumire, extrañaba todo. No pasa seguido que te enamores de personajes de una novela. Que te enamores del universo de un autor. A mi no me había pasado nunca.

Sputnik, mi amor me devolvió esa sensación, y desde entonces no he parado de buscar la cura. No es que realmente quiera curarme, es esta búsqueda lo que más me gusta. Después de este libro comencé a leer más de Murakami, de Taibo II, de Amanda Palmer. Sobre historia, sobre crimen, sobre injusticia, sobre amistad, sobre todo. Me devolvió la sed que había perdido. Justo como Sumire recuperó su alma después de ver roto su corazón. La vida resumida en un libro de 244 páginas. Un colapso necesario para volver a nacer.

Mientras lo leía, encontré varias páginas con esquinas dobladas, como señalando aquellos pasajes que seguramente a mi amiga le parecieron relevantes o dignos de volver a leer alguna vez. Curiosamente, uno de ellos se volvió en uno de mis favoritos. Se los comparto, porque no se me ocurre una mejor manera de cerrar esto que con palabras que parecen mas bien ecos de mis propios pensamientos. Pero fueron escritas en otro tiempo y espacio, por alguien más. Si eso no es magia, no sé qué chingados lo sea.

Cuando hablaba con Surime era cuando vislumbraba con mayor claridad mi existencia. Más que hablar, estaba pendiente de cada una de las palabras que brotaban de sus labios. Ella me preguntaba por esto y aquello; exigía además una respuesta. Si no se la daba protestaba, y si le salía con evasivas se enfadaba en serio. En este sentido era distinta a la mayoría de la gente. Sumire quería conocer de verdad mi opinión sobre diversas cuestiones. Así me acostumbre a darle una respuesta precisa a sus preguntas y, a través de este intercambio, le revelaba a ella (y de paso a mí mismo) muchas cosas sobre mí.

Sputnik, mi amor – Haruki Murakami